Carta a un labrador: ¿En qué consiste la cuestión social? ( 2º serie, Carta 3ª) 13 de abril de 1894

Según quien te conteste a esta pregunta la respuesta será distinta. Un obrero industrial seguramente te diría: la maquinaría nos ha perjudicado mucho, lo que antes hacían cien hombres lo hace ahora una máquina que maneja un solo individuo, dejando a noventa y nueve sin pan. Además, los burgueses son unos tiranos, nos hacen trabajar mucho y nos dan un jornal exiguo. Ellos, en cambio, disfrutan pingües ganancias. Mientras los obreros sudamos, los capitalistas con el producto de nuestro sudor viven en palacios, caminan en coche, tienen abono en los teatros, viajan, organizan cacerías y giras, veranean o invernan. Construimos los trabajadores muebles cómodos y lujosos para que los ricos se aprovechen de ellos. Somos víctimas del capital, y para que estemos bien, es preciso que el capital desaparezca y vaya a poder de los trabajadores.

He aquí la contestación de un católico: el mundo moral se ha relajado, las costumbres son depravadas, nadie teme a Dios ni le rinde culto en el templo, el vicario de Cristo en la tierra, en cuyas manos el poder moral debía residir, es prisionero del poder civil. Sin el santo temor de Dios, ni el respeto al evangelio, los vínculos sociales se rompen, el obrero se hace soberbio y el capitalista deja de ejercer la caridad. La influencia revolucionaria ha concluido con la humildad de los de abajo y con la esplendidez de los poderosos. El malestar social es hijo de que la fe se ha perdido, no hay esperanza en otra vida mejor y la caridad no se ejerce. Sólo en el predominio de las virtudes cristianas hay salvación. Haya resignación en los obreros y caridad en los capitalistas; para los primeros, la oración será el mejor lenitivo, los segundos deben guiarse por la sabiduría del sacerdote.

Tú, y contigo los de tu oficio, pensareis que el malestar social se debe a los Gobiernos; si se rebajaran las contribuciones, si no vinieran años de sequía o se les pudiera hacer frente teniendo canales y acequias de riego; si hubiera facilidad para vender el vino y el trigo y el aceite a buen precio, los labradores estaríamos bien, te he oído decir muchas veces. Otros, los jornaleros de ciertas regiones en que la tierra se halla menos repartida que en tu pueblo, creen que los conflictos sociales terminarán si la propiedad se repartiera mejor, si todos fueran pequeños propietarios.

Los obreros de levita, abogados sin pleitos, médicos sin clientela, empleados cesantes, escritores sin popularidad, etcétera, encuentran triste su condición social y culpan al Estado que les dio un título sin proporcionarles pan, o culpan a la sociedad egoísta que sólo favorece al que produce algún bien material inmediato y no conceptúa útiles ni la ciencia, ni el arte.

De izquierda a derecha: Odón de Buen, Ramón Chies y Fernando Lozano, tres de las principales figuras de Las Dominicales del Libre Pensamiento.

 

Un hombre de Estado que profese ideas conservadoras, estima que la cuestión social no está reñida con la tradición monárquica ni aun con el autoritarismo; tiene por causa el incremento que las industrias han tomado, el que se alejan las gentes, por el afán de progresar, del trabajo manual y adquieren profesiones literarias, el que la vida se ha encarecido y las propagandas revolucionarias han hecho creer en la igualdad social que es de todo punto imposible, pues mientras haya mundo habrá pobres y habrá ricos. Reprimiendo desmanes con rapidez y energía, fomentando la industria nacional, interviniendo el Estado en las cuestiones entre capitalistas y obreros, asegurando la vida a los inválidos del trabajo, fomentando la cooperación, creando retiros para los ancianos, por medios parciales e indirectos, se llegará a resolver la cuestión social.

Un anarquista te dirá que el Estado tiene la culpa de todo; que los Gobiernos todos y los capitalistas son enemigos del obrero y la causa del malestar social; hay que destruir el Estado, fundar la sociedad en la más amplia libertad individual y abolir el capital.

Si consultas al cura de tu pueblo es muy posible que te diga que está todo perdido por la falta de fe, porque nadie cuida de su alma y que hay corrupción arriba lo mismo que abajo, pues en el clero sucede que mientras los de arriba medran, los pobres curas rurales apenas ganan lo preciso para vivir.

Algún sabio afirmará que la causa del malestar social es la falta de instrucción; demócratas hay que creen es la causa de los males todos, el absolutismo disfrazado que impera. Yo he oído decir a una persona competentísima que el problema social es problema de alimentación; hay en Europa más individuos que raciones y es preciso colonizar, buscar mercados, etc., hasta que las raciones sobren; el que esto afirma asegura que el capital de los ricos es cosa ficticia y algún día puede que se encuentren en el caso de no hallar alimento con dinero.

Si continuara pidiendo explicaciones a gentes diversas, contestarían de modos muy diferentes. Sin embargo, todos convienen en que es un hecho el malestar social, en que hay mucha gente que no trabaja queriendo hacerlo, o que trabaja mucho y no obtiene lo necesario para vivir; luego existe una cuestión social, más o menos pavorosa, que exige remedio pronto y eficaz, sino será germen continuo de disturbios y semillero de crímenes.

¿Quieres que te diga mi opinión, que te conteste a la pregunta, objeto de esta carta? Lo haré como mejor sepa. Hay malestar social, pero muy hondo, profundísimo; tanto, que primero se sintió en los pueblos pobres y en las capas sociales más inferiores; después se ha sentido en la clase media, y poco a poco invadirá esferas más altas si no se pone remedio. El que por estar encumbrado cree poder desafiar la ola social que avanza, vive muy equivocado; el capital que disfruta y los derechos que invoca son cosa tan frágil que puede desaparecer en cualquier tempestad social. Este malestar se debe a  la desigualdad y a la injusticia que en todas las esferas dominan, lo mismo en la esfera política, que en la económica, que en la intelectual; se debe también a un desequilibrio motivado entre los progresos científicos que son inmensos y la ignorancia que es muy grande y hace que aquellos progresos a veces sean contraproducentes por el momento; se debe, por último, a que la sociedad se halla en un período transitorio, lo tradicional  pugna por persistir y los medios humanos son muy superiores a lo que la tradición necesita, el progreso se detiene algún tanto por los esfuerzos de los representantes del pasado, pero resulta mucho hombre el del tiempo este para la organización social mezquina de los tiempos pasados. Como todo tiempo de transición está lleno de dificultades.

En suma, existe la cuestión social y afecta a todos los intereses, es cuestión total de organización y sólo cesará, quedará resuelta, cuando el organismo social haya cambiado, cuando el capital se halle bajo una forma más asequible á todos, cuando la sociedad nueva esté en armonía con el progreso alcanzado y con las necesidades creadas.

Pero, advierto que se me hace tarde y como el asunto merece ser expuesto con toda claridad, lo continuaré en la carta próxima.

Odón de Buen

 

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Una Respuesta a Carta a un labrador: ¿En qué consiste la cuestión social? ( 2º serie, Carta 3ª) 13 de abril de 1894

  1. Centro de estudios Odon de Buen dijo:

    A todos aquellos que se decidan a leer esta colección de cartas no les resultará difícil encontrar algunos paralelismos entre la España que dibuja Odón, de finales del siglo XIX, y la España actual. Seguramente esa circunstancia es debida a que Odón en sus análisis siempre pretende llegar al meollo de la cuestión, al origen de los problemas. En este caso se trata de la desigualdad y la injusticia social. Más de un siglo después podemos constatar sin asombro que tales problemas continúan existiendo en la sociedad actual.
    Sin embargo haríamos bien en tener en cuenta el contexto de la época para no caer en la deformación de los hechos o, simplemente, en el absurdo. Evidentemente nuestro país ha evolucionado considerablemente a lo largo del último siglo, pero bajo su estructura y organización continúan latiendo los viejos problemas con cualidades y rostros distintos.
    Con un lenguaje un tanto retórico, el propio de la época, y un tono vibrante, Odón se adentra con la determinación acostumbrada en los problemas sociales y políticos que aquejan a aquella España retrasada, que vive de espaldas al progreso y a la que de manera tan ilusionada como utópica le gustaría redimir por la vía de la educación, la ciencia y la institucionalización de los derechos sociales. Al patriota Odón, como a Unamuno, “le duele España”, pero a sus treinta años recién cumplidos se muestra radiante de energía y con plena confianza de que los males del país, aplicando las adecuadas terapias, tienen solución.

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