Carta a un labrador: El naturalista; 1º Carta ( 1ª serie); 16 de julio de 1887;

16 de julio de 1887

Querido Manuel: con tu acostumbrada gracia, única muestra que exhibes de tu natural talento, me agobias de continuo a preguntas aparentando mortificarme, pero en realidad, ansioso de instruirte sobre la misión que nosotros los naturalistas tenemos en la actual época histórica.

Sabes que me deleita vivir entre vosotros porque, al fin y al cabo, entre vosotros he nacido y vuestras guasas que a muchos señoritos lastiman, porque están aparejados con ciertos toques aristocráticos, a mí me entusiasman cuando en corro, rodeando a una mesa repleta de copas y botellas, tomamos la fresca en estas noches tranquilas de verano. Siempre me encontráis dispuesto a contestar vuestras preguntas, haciendo la salvedad que ya os sabéis de memoria, que son muy distintas las aptitudes del profesor que vulgariza la ciencia y las del que busca ensancharla en los estudios del campo o en los del gabinete. Yo no sé si soy apto para enseñaros, y temo muchas veces que no entendáis cosas tan palpables que, dichas en vuestro lenguaje, resultarían verdades de Pero-Grullo.

Foto de Odón hacia 1885. Fuente: Archivo fotográfico CEOB.

Me preguntas de continuo: ¿para qué sirven todos esos bichos, todos esos pedruscos y todas esas hierbas que almacenas? ¿qué utilidad reportan los naturalistas para que en todos los países los protejan tanto? ¿y qué tiene que ver el coger bichos con las ideas políticas y religiosas que tú dices has aprendido en esas faenas, etc. etc.? Son preguntas éstas a las que no te he contestado nunca de primera intención, y ¿sabes por qué? Porque son tantos los que me las hacen que hace tiempo tengo pensado contestar en Las Dominicales. No desdeñarás supongo, leer este periódico. Ya sé que tus convicciones católicas no van más allá de tu conveniencia, y más de cuatro veces me has hecho desternillar de risa con tus cuentos, a costa de curas y beatas, frailes y obispos, aun cuando no dejes de cumplir con parroquia y lleves alguna vez el palio en las procesiones.

En estos momentos nuestro amigo D. Antonio manda desde su viña un paquete con hojas de vid y melocotonero. Las primeras tienen color verde muy pálido y presentan en la cara inferior unas manchas blancas que parecen de salitre. Al pronto me parece que esas manchas no son ninguna sal, cojo el microscopio -aquel instrumento con el cual viste los microbios de cólera hace dos años- hago preparaciones entre cristalicos, y veo unos hilos derechos que penetran dentro de la hoja. Preparo cortes verticales y observo con disgusto que aquellos hilicos tienen en el tejido de la hoja ramificaciones que chupan los jugos y matan a la planta. Recuerdo que hay un hongo microscópico, llamado peronospora vinícola o mildiu[1], con todos esos caracteres, y para cerciorarme, consulto libros de clasificación, y quedo convencido de que en las viñas de D. Antonio comienza a aparecer el mildiu. Por fortuna, me dice nuestro amigo que no ha observado más hojas con manchas blancas y yo veo que los órganos de reproducción del hongo están atrofiados, sin desarrollar, en todas las que me trae. Me explico el hecho perfectamente. El mes de junio ha sido seco, acaban de reinar vientos fuertes y ha hecho días de mucho calor, impropios de esta época. En tales condiciones, la peronospora no se desarrolla, tratándose de viñas de monte, que por lo tanto no se riegan. Para vivir este hongo necesita humedad, y será fatal para la vid el año en que los meses de junio y julio sean húmedos y alternan en ellos días de lluvia y días de sol, a no reinar frecuentes bochornos.

Las hojas del melocotonero están muy arrugadas, me dicen que el árbol está lleno de hormigas y piden les dé un remedio contra dichos insectos, creyéndolas causas de la enfermedad que nos roba los suculentos melocotones. Aparentemente la hoja no tiene nada, pero desarrollándola y examinando con la lente, la encuentro llena de unos puntitos inmóviles, que luego se convertirán en millares de pulgones. Estos son la verdadera causa de la enfermedad, y no las hormigas, que van allí en busca de un jugo azucarado que les gusta mucho y producen en abundancia los pulgones. Y tanto les gusta este jugo, que algunas hormigas sabias crían abejas, les dan de comer ramas tiernas de determinadas plantas, y les excitan, porque excitándolas sueltan este azúcar que hace las delicias de los hormigueros. Acabarían con los pulgones si todas las hormigas supieran cultivarlos.

¿Por qué acude D. Antonio a mí? Porque soy naturalista y he podido estudiar esto en las plantas y en los animales, y no te creas que para saber esto ha hecho falta estudiar poco, solo después de muchos años de estudios y de comparación con lo que sucede en otras plantas y con otros animales, y de perfeccionamiento del microscopio, y de conocer al detalle la vida de esos seres tan pequeños, se ha llegado a poder afirmar con certeza todo lo que yo te digo.

No hace muchos días que tú me preguntabas el por qué no se criaban bien los garbanzos en el campo tuyo. Vi el campo y encontré fácil la respuesta. Los semblantes en terreno impropio, en terreno gredoso, y los garbanzos necesitan tierra caliza, siémbralos en una tierra que tenga bastante cal y tendrás mucho adelantado para coger tan buenos garbanzos como en Fuentesaúco[2].

Ya ves si sirven para algo los naturalistas. Y no te creas que solo para

http://www.areconoticias.com.ar/wp-content/uploads/notas//2014/09/agricultor-antiguo.jpg

esto sirven. Cuando las calenturas diezmaban a nuestro pueblo, como antes diezmaban el trigo, las patatas, la cebada, etc., los curas, tú te salvaste tomando píldoras de quinina, y no sabías que aquel producto salvador se extrae de una planta que descubrió un naturalista español, el Dr. Mutis[3], en sus viajes por América, y tampoco sabías que la causa de la calentura era un microbio, descubierto y estudiado por otro naturalista español que averiguó, ayudado de un médico, sus terribles efectos.

Yo he recorrido, como sabes, parte del Sáhara, y me has oído decir que nada hallé tan digno de admiración como aquellos surtidores de agua que sacó a la superficie la inteligencia de los franceses, y que han convertido en espléndido bosque de palmeras lo que antes era improductivo arenal, en el que morían de sed las caravanas. Pues bien, aquella corriente de agua la adivinaron los naturalistas, a pesar de encontrarse a muchos metros bajo el suelo, y rompiendo la cárcel que la sujetaba, la hicieron salir a la superficie y animar las tristes soledades del desierto.

Sin entrar en otro orden de consideraciones, sin rebuscar tantos y tantos prodigios como han hecho los naturalistas, a los cuales adorarían como dioses en los pasados tiempos, del mismo modo que adoran los árabes del desierto, mira si merecen protección de los Gobiernos cultos y ver si prestan utilidad directa a los hombres. Y te participo que he tomado la cosa tan solo desde el punto de vista de las utilidades materiales, que en cartas sucesivas he de ponerte de relieve, si acierto a explicarme de modo que me entiendas, otros servicios más importantes aún debidos a los naturalistas.

Respecto a tu primera pregunta -para qué sirven los animales, piedras y plantas que recojo- te contesto, invitándote a pasar conmigo unos días en Madrid. Allí verás en el Museo de Historia Natural cosas sorprendentes, conocerás el mundo que te rodea, observarás que distintos seres hay en cada país, con unas cuantas explicaciones mías, has de aprender grandes cosas. ¿No concibes tú la utilidad que tienen los museos para la educación popular, aparte de la educación científica? Pues si vienes a Madrid has de ver las muchas cosas que enseñan aquellas filas de bichos. Y si después viajas algún tanto por otros países, te hallarás a cada paso gentes conocidas. Con las colecciones, además se prepara el naturalista en las clases para el estudio de la naturaleza en el campo, y se hacen multitud de estudios y de comparaciones utilísimas.

Te llevaré también a los laboratorios, y en el de la petrografía (estudio de las piedras), te enseñarán dos naturalistas que me has oído nombrar muchas veces, Mcpherson y Quiroga, cosas admirables. Adelgazan los pedruscos hasta hacerlos transparentes, los ponen al microscopio y donde tú no veías nada, descubren luego un verdadero mare magnum, el más puro y transparente cristal de roca está lleno de huecos y lleno de burbujas, unas fijas y otras que se mueven, sin contar multitud de fibras de otras sustancias.

Te emplazo para entonces a que te convenzas de lo útiles que son las colecciones y lo importantes que son los naturalistas; que, a la vez, allí Riofranco y Demófilo[4] se encargarán de hacerte ver los inconvenientes de ese ten con ten que sostienes entre los descendientes de Voltaire y los hijos de Torquemada, contemporáneos del cura de Santa Cruz.

 

Hasta la próxima. Tuyo.

 

Odón de Buen

 

Zuera, julio 1887

 

La carta original se puede leer en:

http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0002618577&2

[1] Peronospora vinícola o mildiu, protista -ni hongo ni animal ni planta- de la familia de los peronosporáceos, responsable del mildio o mildiú de la vid. Es un parásito en sentido estricto, por lo que no es posible cultivarlo en laboratorio en medios sintéticos.

[2] El garbanzo de Fuentesaúco es una legumbre producida en la comarca de La Guareña, al sureste de la provincia de Zamora. Su producción ha sido apreciada desde la antigüedad. En el siglo XVI llegó a contar con protección real.

[3] José Celestino Bruno Mutis y Bosio (Cádiz 1732 – Santafé de Bogotá, 1808) Médico y Botánico español que figura entre los más destacados iniciadores del conocimiento científico en el Nuevo Mundo.

[4] Demófilo era el pseudónimo de su suegro y codirector de Las Dominicales, Fernando Lozano Montes, y Eduardo de Riofranco era el pseudónimo de Ramón Chíes y Gómez de Riofranco, el otro director del periódico.

Esta entrada fue publicada en Cartas. Guarda el enlace permanente.

Una Respuesta a Carta a un labrador: El naturalista; 1º Carta ( 1ª serie); 16 de julio de 1887;

  1. Constantino Escuer Murillo dijo:

    Una carta llena de sabiduría que emociona de principio a fin.
    “Ensanchar la ciencia”, no se puede transmitir más amor a la enseñanza y a la divulgación de los conocimientos en tres palabras.
    Una auténtica loa a los naturalistas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *